lunes, 19 de septiembre de 2016

Bajo el volcán, de Malcom Lowry (1947).





 Resulta desalentador afrontar la historia de una gran borrachera, y como toda borrachera que se precie está plagada de lagunas, incoherencias y alucinaciones. Cierto que ya poco puede añadirse a una novela que ha sido catalogada como una de las mejores de todos los tiempos. Por algún lado alguien ha dicho que la novela necesita de varias lecturas, lo cual resulta todavía más, si cabe, desalentador, y es que son muchas páginas y no en pocas ocasiones llenas de intrincadas espesuras.
No sé, ando un tanto confuso, quizás me falte una copa. Yo no disiento pero reconozco que, aun no careciendo de valor, le falta chispa argumental, eso que a los lectores nos impele al deleite de leer. Desde luego que las relecturas le vienen a uno marcadas por la necesidad, y no sé si en un futuro volveré a ella; en otras ocasiones sí estoy seguro de que volveré.
En la novela «Hay profundidades», como dice el propio Lowry en el prólogo aludiendo a Henry James. Advierto también que dicho prólogo no tiene desperdicio porque el autor nos da pistas acerca de su difícil propuesta, un descenso a los infiernos cargado de simbolismos. Las comparaciones que han hecho unos y otros son tremendas: se compara la novela con El Quijote, con el Ulises de Joyce, con Fausto o La divina comedia.
Al principio cuesta hacerse con la trama y los personajes. Tengo que confesar (aviso para navegantes) que acudí pronto a la Wikipedia y gracias a ello pude hacerme con el argumento.
Exceptuando el primer capítulo la historia acontece en el año 1938, durante el Día de los Muertos, y narra la caída en desgracia de Geoffrey Firmin, un excónsul británico alcohólico. La acción transcurre en la ciudad mexicana de Cuernavaca (Quauhnáhuac en náhuatl).
El primero de los doce capítulos de que consta la novela puede llevar a confusión porque narra la conversación entre dos amigos de G. Firmin, el excónsul, M. Laruelle y el doctor Vigil, el 2 de noviembre de 1939. En dicha conversación recuerdan lo acontecido durante las doce horas de un mismo 2 de noviembre de 1938, justo un año antes.
A partir de ahí comienza el relato de lo que sucedió aquel día. Ivonne se reencuentra con Geoffrey para intentar salvar su relación después que Ivonne lo abandonara un año antes. Hugh, el hermanastro de Geoffrey viene a complicar la escena con su imponente presencia.
Doce horas del día de los muertos, México 1938, doce capítulos, los volcanes Popocatepetl y Iztaccihuatl (os propongo el difícil ejercicio de pronunciarlos correctamente, cuestión que genera muchas risas entre los niños mexicanos), la espléndida flora y fauna mexicanas, la espectacular ciudad de Quauhnahuac, el paisaje magnífico y desolador que presenta un borracho…

Creerás que estoy loco, pero también así bebo, como si estuviera recibiendo un sacramento eterno.

El cónsul, con la angustia inconcebible de una horripilante resaca atronándole el cráneo y acompañada por una pantalla protectora de demonios zumbando en sus oídos, se percató de que en el espantoso caso de que fuera observado por los vecinos sería difícil suponer que atribuirían a su paseo por el jardín algún inocente objetivo hortícola.

¿Por qué entonces se hallaba sentado en el cuarto de baño? ¿Estaba dormido? ¿Muerto? ¿Desmayado? ¿Estaba en el cuarto de baño ahora mismo o hacía media hora? ¿Era de noche? ¿Dónde estaban los demás?

Pero sintió que su mente se dividía y se elevaba, como las dos mitades equilibradas de un puente levadizo que se uniesen para permitir el paso de estos ruidosos pensamientos.

Imaginaba beberlo, a pesar de lo cual no tenía fuerza de voluntad para tender la mano y cogerlo, como si se tratase de algo alguna vez anhelado con tedio y por mucho tiempo, pero que ―copa colmada y de pronto a su alcance― había perdido todo su sentido.

Rezumando alcohol por cada poro, el cónsul permanecía en la puerta abierta del Salón Ofelia. Qué sensato había sido tomarse un mezcal. ¡Qué sensato! Porque era la bebida indicada, la única que se debía beber en tales circunstancias. Además, no sólo se había probado a sí mismo que no le tenía miedo, sino que también estaba del todo atento, volvía a estar del todo sobrio y podía enfrentar cualquier dificultad que se le presentase. Si no fuera por esas continuas y leves sacudidas y saltos en su campo visual, como innumerables pulgas de arena, hubiera podido decirse que no había bebido una sola copa en varios meses.

Beber o no beber… Pero sin mezcal, imaginó, se había olvidado de la eternidad, se había olvidado de la travesía de su  mundo, que la tierra era una nave fustigada por la cola del cabo de Hornos y condenada a no llegar nunca a su Valparaíso. O que era como una pelota de golf mal golpeada y desviada de la Mariposa de Hércules por un gigante a través de la ventana de un manicomio en el infierno.

lunes, 12 de septiembre de 2016

La dulce, de Fiódor Dostoievski (1877).




Esta novela corta fue incluida por Dostoievski en su publicación Diario de un escritor (1877), en el que reunió críticas literarias, artículos y relatos de extensión moderada como el que tenemos entre manos.
A mi modo de ver es buen ejemplo de su trabajo, aunque no alcanza la tensión narrativa de sus novelas principales. Me da que pensar que el estilo de Dostoievski es tan marcado que podríamos leer “a ciegas” cualquiera de sus trabajos y fácilmente llegaríamos a la conclusión de quién es el autor, y es que enseguida ese sentido de la vida tan suyo, tan trágico, nos penetra la piel.
El propio Dostoievski nos da pistas (y un resumen perfectamente válido) en la Nota del autor:

Imaginen un marido cuya mujer, una suicida que se ha arrojado por la ventana hace sólo unas horas, yace ante él sobre una mesa. Él está conmocionado y no ha tenido tiempo de ordenar sus ideas. Camina de habitación en habitación e intenta dar un sentido a lo que acaba de ocurrir, procura “aclararse”. Es un hipocondríaco recalcitrante de los que hablan solos. De ahí que se cuente a sí mismo la historia, intente “aclarársela”.

Nuestro protagonista y narrador es un personaje complejo y contradictorio, atormentado, marginado por la sociedad, que guarda muchos paralelismos con otros anti-héroes de Dostoievski. Él mismo va trazando el sentido de su vida, pasado, presente… y ¿futuro?:

En efecto, los compañeros no me apreciaban debido a mi carácter difícil, quizás ridículo, pues resulta a veces que lo excelente, lo más profundo y respetado para unos, por una u otra razón, puede resultar risible para la mayoría de los propios compañeros. Nunca me han apreciado, ni siquiera en la escuela. Ni en ninguna parte.
 
¡Rutina! ¡Oh, la naturaleza! Los hombres están solos sobre la Tierra. ¡Ésa es su desgracia! “¿Hay un hombre vivo en estas llanuras?”, grita el valiente ruso de nuestras leyendas. Yo también grito y no soy valiente, y nadie responde. Dicen que el sol hace girar el universo. El sol saldrá y… miren, ¿acaso no es eso un cadáver? Todo está muerto, hay cadáveres por todas partes.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Henry James, Los matrimonios y Louisa Pallant.



 
     Supongo que Henry James es como una perita en dulce para las editoriales que buscan sorprendernos con joyitas poco conocidas (igual no lo son para el buen lector). En este caso Traspiés edita de forma fabulosa dos relatos de James que desconocía por completo, Los matrimonios y Louisa Pallant, que he devorado con absoluto entusiasmo en uno de estos días de tardía canícula veraniega. Los dos me han encandilado, ¡mucho!, y eso no me suele suceder. James sigue sorprendiéndome de manera tan increíble que aún me preguntó por qué no lo habré conocido antes. ¡Y aún me quedan por leer sus relatos más conocidos como Otra vuelta de tuerca o Las bostonianas!
James exige cierta atención por parte del lector, sobre todo en la primera articulación de sus tramas, que entran de forma pausada. Trabaja con precisión de cirujano presentándonos una situación y un personaje, si acaso dos, en su momento presente. Progresivamente nos hacemos una idea global y suficiente de dichos personajes en el interior de un conflicto. Para entonces James ya nos ha envuelto en su telaraña y estamos esperando ávidamente un final que ya sabemos, después de haber leído algo más de James, que incorpora sorpresas (regalos para el lector). Y esto quizás suceda porque los personajes ni son tan sencillos ni tan previsibles como habíamos imaginado.
Yo no entro en la faceta innovadora que significó Henry James, como bisagra (dicen) entre la novela decimonónica y contemporánea, porque se me escapan los academicismos y porque, para qué os voy a engañar, a estas alturas tampoco me importa. Escribo novela y busco hacerlo cada día mejor, y a mi manera de ver no hay mejor escuela que leer a aquellos que mejor lo han hecho antes que yo. Se trata de su novedoso ejercicio del punto de vista que, al parecer, siembra la semilla de lo que luego será conocido como stream of conciousness o flujo de pensamiento. Soy consciente, mientras leo, de esa faceta y de su trascendencia, pero no me veo en condiciones de profundizar en ella, ni siquiera de entretenerme a charlar de dichos aspectos técnicos. No puedo sino dejarme embelesar por su prosa, interesarme por conocer más entre sus personajes, caer en sus redes y esperar, sosegado, mi recompensa.
Si algo me fascina de Henry James es su penetración psicológica en multitud de tipos humanos, sin mostrar preferencia por unos u otros, sin decantarse. Pero, en definitiva, no he hecho sino empezar a leer a James, así que mejor dejo unos fragmentos y callo.

En casa había sido una religión para todos agradar a la gente que él apreciaba.

Pero presentaba una superficie tan impenetrable que habría sido como dar un mensaje a una puerta cerrada. No era una mujer, se decía Adela; era una dirección.

Asumí que si la niña nunca añadía palabra alguna era porque confiaba plenamente en la habilidad de su madre para salir ilesa. Algo me sugería, apenas sabía cómo, que esa confianza entre las dos damas se prolongaba a larga distancia; que la unión de sus pensamientos, su sistema de adivinación mutua, era destacable, y que probablemente apenas necesitaran acudir al torpe y en algunos casos peligroso recurso de expresar sus ideas en palabras.

Siendo plenamente consciente, sin duda, de que brilla más la inteligencia de una mujer frente a la estupidez de un hombre cuando finge tomar dicha estupidez por sabiduría.


lunes, 29 de agosto de 2016

Herman Melville. Bartleby, el escribiente (1853)



 Anduve mucho tiempo detrás de esta novela corta. Las recomendaciones eran enérgicas. Lo que no sabía era el por qué, pues ya había leído Moby-Dick y otras dos novelitas de Melville, Benito Cereno y Billy Budd, y no imaginaba semejante cambio de registro.
La verdad que, recién leída, ya considero que merece una relectura, porque uno la termina con la duda de si ha pasado algo por alto. Los parecidos con Kafka son asombrosos, aunque no resulta probable que Kafka tuviera acceso a Melville.

Antes de presentar al amanuense, tal como lo vi por primera vez, conviene que registre algunos datos míos, de mis empleados, de mis asuntos, de mi oficina y de mi ambiente general.

Y así es, antes de hablarnos de Bartleby, el narrador, de nombre desconocido, un abogado o notario que posee una oficina en Wall Street, se ve en la obligación de describirnos a sus empleados, amanuenses o copistas. Sus empleados son tres, Turkey (pavo), Nippers (pinzas) y Ginger Nut (bizcocho de jengibre). La descripción de los empleados es sencillamente fabulosa. Cierto que hay que detenerse para poder hacerse con ellos, pero desde luego que merece la pena. Si antes os hablé de un parecido a Kafka, ahora y aquí tengo que recalcar su sentido del humor.
Con motivo de un aumento de trabajo en la oficina, nuestro narrador se ve obligado a contratar a un nuevo escribiente, y Bartleby entra en escena:

En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Vuelvo a ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby.

Al principio Bartleby se mostró como un trabajador extraordinario, aunque tenía una pega, que no era nada alegre.

Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron sentado junto a Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas escritas con letra apretada.

Pero a los tres días de trabajo Bartleby es solicitado por el jefe para una tarea menor y Bartleby le replica:

―Preferiría no hacerlo.

Podéis probar a transcribir en Google esta sencilla frase y probablemente os aparecerá alguna entrada sobre Bartleby. La mentada frase se repite hasta el final de la novela como un leivmotiv. Pero el narrador se siente incapaz de comprenderlo, e incapaz de despedirlo:

―…dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.

Aquí me detengo, no vaya a ser que os anticipe demasiado y os reste placer en la lectura. Los críticos siguen tratando de interpretar el verdadero significado de Bartleby. Si con esto no he logrado tentaros para abordar la lectura de esta novela corta, acudo a Kafka, pues aquí se anticipan sus obsesiones. Vila-Matas o Stephen King aluden a él directamente en sus novelas. Jorge Luis Borges plasma con calma esa rabia que se siente cuando se descubre a un genio que fue olvidado en su tiempo:

La vasta población, las altas ciudades, la errónea y clamorosa publicidad, han conspirado para que el gran hombre secreto sea una de las tradiciones de América. Edgar Allan Poe fue uno de ellos. Melville, también.