martes, 25 de julio de 2017

El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo



  

Rulfo actúa como un extraño reportero. No pretende aleccionar, ni transmite una manera de ser o de actuar, sólo muestra la verdad. Y no lo hace de modo directo, sino que nos transmite su mensaje a través de los propios protagonistas. No siempre, pero la mayoría de las veces nos encontramos con narradores imposibles, un inútil, un retrasado mental, un campesino que dudamos sepa leer o escribir. Usa Rulfo una riquísima primera persona, a veces como si se tratara de un diálogo interior, otras como una confesión que fuera dirigida a nosotros. Así se nos narra una historia pero al mismo tiempo se nos muestra al narrador, que puede estar hambriento, triste, decepcionado, cansado de vivir. Naturalmente que cada protagonista de la historia usa su propio lenguaje, así que nos encontramos con la riqueza del léxico mexicano: ahorita, dizque, mero, nomás, piruja, correr…



Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi zarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. Él lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.



El mérito está en la condensación, en la dúctil elaboración, incluso en el logro de la verosimilitud. Hay, ante todo, desesperación, sentido de la fatalidad, apatía, el conformismo que provoca un destino tan aplastante como el sol que golpea la tierra resquebrajada e infértil. Hay escasez, miseria, hambre, sed, hay unos pocos grandes propietarios y muchos pobres, hay guerra, revoluciones en busca de incierto sentido. Lo que no hay es esperanza, aunque a menudo los personajes se dejan conducir por ella.



―Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.



El fracaso estrepitoso de la Revolución mexicana y sus consecuencias, la posterior guerra cristera, son retratadas con pocas palabras.



Nos dijeron:

―Del pueblo para acá es de ustedes.

Nosotros preguntamos:

―¿El Llano?

―Sí, el llano. Todo el Llano Grande.

Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama el Llano.

Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

―No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.



Se clasifica dentro del realismo mágico. Incluso se considera a Rulfo como uno de los precursores de dicha corriente. Yo no soy partidario de las clasificaciones. Desde luego que influencias las habrá. Rulfo se preocupa mucho por el estilo pero predomina la realidad, la fatalidad. No encuentro elementos mágicos o extraños sino mucha desgracia, la que azota a la gente humilde. Lo que encuentro es una llamada de atención, una demoledora crítica social sin arrebatos mesiánicos. No pretende Rulfo aleccionarnos, no busca soluciones. Un halo de escepticismo, de desengaño, lo cubre todo.
 Y sin embargo, pese a toda la crítica social que esconde, pese a la hondura humana que sobresale de cada una de las escuetas narraciones, yo me quedo con la admiración que ha despertado en mí una lengua mexicana con la tengo permanente contacto, por el maravilloso dialecto que lo mismo define flora y fauna que los gestos más humanos, y que queda aquí fijado por los siglos de los siglos. Cualquier fragmento vale porque son unos pocos relatos de muy pocas páginas pero de una densidad desbordante:



Solo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.



Feliciano Ruelas esperó todavía un rato a que se le calmara el bullicio que sentía cosquillearle el estómago. Luego sorbió tantito aire como si se fuera a zambullir en el agua y, agazapado hasta arrastrarse por el suelo, se fue caminando, empujando el cuerpo con las manos.



―Apréndete esto, hijo: en el nidal nuevo, hay que dejar un güevo. Cuando aletié la vejez aprenderás a vivir, sabrás que los hijos se te van, que no te agradecen nada; que se comen hasta tu recuerdo.

Espero que en México se le hagan todo tipo de homenajes a Juan Rulfo porque se le adeudan.


2 comentarios:

  1. Creo que lo de relacionar a Rulfo con el realismo mágico es por el tono empleado en su obra: algo así como un tremendismo humanista que sugiere una realidad universal más amplia que la que (descarnadamente) expresa empleando términos locales.

    Digamos que el propio lenguaje de Rulfo es un "mundo paralelo" sugestivo. Que facilitó la pauta para otras historias de miseria como las de García Marquez, en las que lo mágico es más palpable en principio, aunque no deja de ser también un metalenguaje: algo así como una excusa para enmarcar en él (con paradójico lirismo) la crudeza.

    Buen artículo. Saludos.

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    1. Como todo buen escritor Rulfo tiene un estilo muy definido. De hecho parecen haber sido escritos todos al mismo tiempo, de un tirón y, al parecer, fueron fruto de una elaboración pausada. Es curioso, sí, que aquel al que llaman iniciador del género "realismo mágico" , no sea su mejor representante, ni mucho menos.
      Debo decir que no soy muy fan del realismo mágico, pero quizás deba darle una vuelta a las lecturas de juventud.
      Un saludo, Boni.

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